11 junio 2010

Cambalache

Cuando pienso en la isla Amantani, en el Titicaca, invariablemente recuerdo a Nely, la nativa que nos alojó en su casa.
Somos casi de la misma edad, pero qué diferentes parecemos. Ella está impregnada de la savia de la pachamama y yo, en cambio, lo estoy de las angustias propias de la vorágine llamada modernidad.
Algo de lo que más disfruté de ella fueron los platillos que nos brindó: sopa de quinua, queso asado, arroz blanco y, para pasar el bolo, un mate de muña. Uno de los banquetes que más he saboreado hasta hoy. Recuerdo a Nely acomodada en cuclillas en la casita de techo bajo, sus manos sostienen un cuchillito y las pequeñas papas que usará para el caldo.
Mientras rememoro, me descubro hincada, con un par de papas y un cuchillo en mis manos. A mi derecha, desde una desvencijada mesa de madera, un par de turistas me admiran en el proceso de cocinar. Percibo mi reflejo en la ventana, pero no es mi rostro sino el de Nely.
Y en mi casa, a miles de kilómetros al Norte, una extraña con mi rostro es recibida por mis padres después de un largo viaje.

3 comentarios:

Miralejos dijo...

Cambié de dirección virtual. Sigo siendo la misma.

Besos.

ppon dijo...

que tan genial seria que algún dia intentaras emular esos platillos con la ayuda de tus amigos? :D

en vez de hamburguesas del hawai jajaja

Josué Barrera dijo...

Qué buen relato, Ale. A veces conocemos a gente muy parecida a uno.