De ahora en adelante, estoy acá:
www.alejandra-meza.blogspot.com
15 agosto 2013
25 junio 2013
Desierta cordura
Una foto donde un letrero de “Cuida las áreas verdes” tiene más vida que
las propias áreas verdes que busca proteger es algo absurdo, pero real. No me
sorprende la falta de áreas verdes en una ciudad desértica. Tampoco creo que los
hospitales públicos deban tener suites como los hospitales privados. Más bien
lo que me provocó este letrero fue cierta indignación por el menosprecio
general hacia la salud mental. ¿Por qué una ciudad procura mejores espacios para
los automóviles que para sus esquizofrénicos y sus deprimidos?
Que la hora de visita en un hospital siquiátrico implicara buscar uno de
los escasos metros cuadrados de sombra provistos por árboles no más numerosos,
escuchando inevitablemente conversaciones de otros pacientes y sus familiares, y conversando en la
medida que lo permitiera el telón de fondo que es la sequía, me hizo pensar en
el tema de los trastornos de la sique. Siempre me ha intrigado lo que sucede en
la mente de quienes padecen algún trastorno mental. ¿Son más felices durante
sus episodios de cordura y racionalidad, o están mejor cuando sus periodos
críticos los alejan de la sociedad?
Quizás permanecer en la “normalidad” y desenvolverse entre los que, según
los parámetros sociales, somos funcionales, sea para un paciente siquiátrico un
asomarse a la sequía de la existencia. Una aridez que no les invita a la vida.
Salud por ellos, para que, al menos en sus episodios de locura, encuentren esas
áreas verdes cada vez más inexistentes en la realidad.
16 junio 2013
Volver a los blogs
Qué
pena, apenas un reto pudo traerme de vuelta a este espacio después de meses de buenas
intenciones que no pasaron de eso. Decirlo no debería ser consuelo, pero sé que
no soy la única entre mis amigos y conocidos que de un tiempo a acá no logra
concretar un triste post.
En
el 2006 inicié este blog, el cual pronto empezaría a sufrir de desnutrición
hasta llegar a un estado prácticamente vegetativo. La razón se resume al
momento que vivimos: en la época de la sobreinformación uno cree que ya no hay
nada nuevo que decir, que ya todo está dicho. No soy anti redes sociales, pero es
inevitable remitirme a ellas cuando busco justificar el porqué de guardar silencio
en el único espacio que tengo para escribir a rienda suelta. Y es que en algún
momento, publicar en el blog empezó a darme la sensación de ser un intento
estéril de expresar lo que podía hacerse en otras plataformas a través de una
fotografía o un texto de 140 caracteres. Pero quizás no fue la inmediatez o la
expresividad de la imagen y del microtexto lo que volvió más atractivas a las
redes por sobre los blogs, sino la rápida diseminación y adopción, que
garantizaban, a su vez, un público numeroso y adulador del que los escritores
amateurs estamos (admitámoslo o no) deseosos.
Pero,
una vez que te has sumergido en el mar de imágenes de vidas ajenas y a la vez
tan propias que es Facebook, una vez que nadas en las olas de “sabiduría” y
experiencias de vida que discurren en Twitter, llega el momento en que notas
que algo falta. Y es que esos espacios, escaparates de la eterna felicidad interpretada
en las fotos del día a día, poco lugar dejan para el resto de los matices de vida
que protagonizamos entre la dicha y la infelicidad, entre la motivación y el
desgano. Ahí sabe fuera de lugar expresar dudas, establecer posturas, compartir
propuestas o relatar una anécdota, funciones que el blog cumple a la
perfección. Pero qué pasa, que una vez impuestos a la adulación que permiten
las redes sociales en mención, los blogs parecen la sala de cine más abandonada
del mundo donde ser el protagonista de la película no resulta muy atractivo.
El
propósito de este retorno será entonces no intentar aportar nada nuevo a la
nube virtual. Simplemente, aprovechar la calma y relativa privacidad del blog a
favor de la creatividad y la renovación.
Porque
ante la sobre exposición, la saturación de información y el encandilamiento de
los reflectores, la soledad de la sala de cine abandonada siempre será un
elixir y un descanso.
12 junio 2012
Reporte uno
Perdieron las partes que ya no usaban: para qué los brazos, para qué las lenguas, para qué los labios. Evolucionaron.
Esperábamos encontrar algo de aquella interacción que describieron los
antiguos, pero no encontramos más que dedos huérfanos, danzando frenéticos,
sobre pequeñas pantallas táctiles.
Incluido en la colección Cartas para la Tierra (Industria Manifesto 2012)
08 abril 2012
Cachoras
La cachora inmóvil,
quieta, callada,
detenida apenas
de la malla alámbrica.
La cachora
mirando por la ventana
lo que no le incumbe,
como humana.
Adentro los humanos
Que no son cachoras
Pero como si lo fueran.
29 marzo 2012
Nooteboom: Vida y Movimiento
El camino
Yo soy el camino.
Estoy como una flecha
indicando a lo lejos,
pero en la lejanía
me pierdo.
Quien me siga
hacia allá, hacia acá, hacia aquí,
ha de ponerse en camino
a la fuerza.
En camino y perderse.
(Poema tomado de "Hotel Nómada", libro de viajes escrito por Cees Nooteboom. Muy recomendable para los que les gusta viajar y no irse, andar el mundo pero estar siempre en casa: en la casa que es uno mismo)
27 febrero 2012
sobre la inmunidad
"Creen que somos inmunes a la vida", dice Mat King (George Clooney) en Los Descendientes.
Nadie lo es, pero tampoco la vida es inmune a nosotros. ¿O sí?
Nadie lo es, pero tampoco la vida es inmune a nosotros. ¿O sí?
17 enero 2012
Té cerca del cielo
Apenas oigo el chorro de agua caliente entrar en la taza siento que el espíritu del té de muña empieza a impregnarme. Me asomo, el agua me regresa mi rostro y el cielo limpio sobre la isla Taquile. Estoy en un pequeño punto del lago Titicaca, a 4 mil metros sobre el nivel del mar y eso también contribuye a sentirme cerca del cielo.
Desconozco las propiedades de esta infusión pero, pienso mientras la bebo que, nada malo puede brotar del caparazón verde de una tortuga gigante, dormida e inamovible, en el milenario lago.
Somos 9 los casuales reunidos alrededor de esta mesa. Pertenecemos a tiempos y espacios distintos del orbe (¿Nos consta que existimos fuera de aquí?) Nos han preparado té. Alguien nos ha cocinado arroz blanco. Las truchas que nos han servido, fueron arrancadas del algún lugar del agua que se ve entre aquellos dos cerros. Y ahora mismo pienso que la ramita de muña que descansa al fondo de mi taza quizá nació para mí.
Sospecho que los Quechuas tienen un pacto con Dios y la Pachamama: son eternos y tienen la serenidad instalada en sus ojos. Ellos, a cambio, acarician la tierra con las manos y, en las noches, mecen las aguas del Titicaca para que el gran cuerpo acuoso duerma en paz.
En un par de horas habitaré nuevamente sobre el animal de concreto. Pero seré diferente a la que partió de ahí, porque quizá dentro de mí seguirán el baile de colores de las faldas indígenas quechuas y el canto silencioso de sus rituales con la Tierra.
Y algún día, aún más lejos, recordaré la mesa que compartí con las casuales y el té de muña que bebimos, y comprenderé que el Titicaca es una taza gigante. Es un té de muña infinito que yo me bebo.

Viajar
Será que cuando viajas eres una sucursal de ti y llevas lo necesario para ser, pero también la libertad de cerrar al público cuando quieras salir por la puerta trasera, sigilosa, o escandalosamente según la ocasión, y recoger un poco de la poesía que hay en los charcos y en las flores, en el sol embarrado en los muros y en la música de los acentos que emergen de bocas extrañas.
Y será que cuando vuelves al lugar donde eres matriz de ti descubres que, con suerte, te habitan pequeñas sucursales de aquello que fuiste en tierras lejanas.
Publicado
Y será que cuando vuelves al lugar donde eres matriz de ti descubres que, con suerte, te habitan pequeñas sucursales de aquello que fuiste en tierras lejanas.
Publicado
04 enero 2012
Basuritas en el ojo
Sácate eso, por favor. Mi abuela hace caso omiso a mi súplica. Creo que se divierte. Sonríe entre burlezca y compasiva ante la niña nerviosa que hace tres minutos era una mujer plantada frente a ella con actitud maternal.
Volteo en busca de Yola y la encuentro sacudiendo los muebles viejos al fondo de la sala. Le grito auxilio con la mirada y ella, con su sonrisa disimulada, justifica "es que así le hacían antes en los ranchos para quitarse las basuritas".
Miro el comedor antiguo, a través de la ventana el jardín soleado, la mesa sucia en la cocina vacía. Estoy sola contra mi abuela y el frijol que se metió en un ojo. Es mi pavor descomunal contra la risa de abuela riéndose de mi (¿o conmigo?, da igual.)
Quiero llorar. Quiero que venga mi madre y la regañe. Quiero regresar el tiempo y no haber decidido visitarla esta mañana de sábado. Ojalá estuviera en la fiesta de anoche y no pensara en ella.
Parpadea y la semilla se va. La imagino desgarrando lentamente la parte posterior del ojo, casi puedo ver la sangre derramándose en el interior, la córnea impregnada de rojo, y la sonrisa que sigue intacta.
Abuela ya. Por favor. Quítate eso del ojo. Por favor. Imploro. Y entonces parece compadecerse, lo sé por su mirada, y porque cierra los ojos y los mueve como buscando algo bajo los párpados. Yo respiro de alivio, me calmo y atenta espero a que la abuela expulse al intruso. Veo que algo brota lentamente : una pequeña raiz se desliza por su rostro.
Volteo en busca de Yola y la encuentro sacudiendo los muebles viejos al fondo de la sala. Le grito auxilio con la mirada y ella, con su sonrisa disimulada, justifica "es que así le hacían antes en los ranchos para quitarse las basuritas".
Miro el comedor antiguo, a través de la ventana el jardín soleado, la mesa sucia en la cocina vacía. Estoy sola contra mi abuela y el frijol que se metió en un ojo. Es mi pavor descomunal contra la risa de abuela riéndose de mi (¿o conmigo?, da igual.)
Quiero llorar. Quiero que venga mi madre y la regañe. Quiero regresar el tiempo y no haber decidido visitarla esta mañana de sábado. Ojalá estuviera en la fiesta de anoche y no pensara en ella.
Parpadea y la semilla se va. La imagino desgarrando lentamente la parte posterior del ojo, casi puedo ver la sangre derramándose en el interior, la córnea impregnada de rojo, y la sonrisa que sigue intacta.
Abuela ya. Por favor. Quítate eso del ojo. Por favor. Imploro. Y entonces parece compadecerse, lo sé por su mirada, y porque cierra los ojos y los mueve como buscando algo bajo los párpados. Yo respiro de alivio, me calmo y atenta espero a que la abuela expulse al intruso. Veo que algo brota lentamente : una pequeña raiz se desliza por su rostro.
12 noviembre 2011
Adaptarse al entorno
Moldeandome branquias para nadar en la humedad seca de tu líquida ciudad desértica.
02 septiembre 2011
12 julio 2011
11 julio 2011
Refresh
Soñé con el pajarito de Twitter. Vino a mi oído y metió un papelito. "Despiértate, tienes un 'tuit'". Me desperté y leí el 'tuit'. "Duérmete, estás soñando".
15 febrero 2011
Anti-insomnio
Cuando se dificulta conciliar el sueño, uno tiende a girar el cuerpo en ángulos de noventa grados; si esto no mejora la situación, al menos estimula la proliferación de imágenes mentales curiosas, frases célebres y hasta el germen de un poema o un futuro best seller. Lo que pocos saben (me incluyo hasta hace unos días) es que, en dichas ocasiones, es posible contactar a otras personas que también sufren insomnio.
Esto me lo dijo Ángel, mi compañero de oficina, una mañana que le conté sobre una pésima noche, en la que no sólo no logré dormir, sino que mis cinco sentidos no lograban hacer otra cosa además de estar en la cama batiendo pensamientos.
Me lo confió como quien revela su bien más preciado: “La próxima vez que te pase eso, piensa en mí, si te concentras lo suficiente y en ese momento yo también estoy batallando para dormir, vamos a tener un encuentro muy especial”.
Las noches subsecuentes ¡Fueron tan emocionantes! Nunca logré distinguir el segundo en que mi mente abandonaba el peso de mi cabeza y mi cuerpo encamados, y se transportaba con Ángel a los escenarios menos pensados, desde un rascacielos abandonado en una ciudad imaginaria, hasta una veloz lancha en el Sena de un París extraño y no menos atractivo.
Otros días fueron tranquilos. Por ejemplo, la cuarta noche de insomnio, nos dedicamos a explorar rincones desconocidos de la empresa en que ambos trabajamos. Así descubrimos qué guarda María en el cajoncito que siempre tiene bajo llave, y que la pequeña puerta atrás del cubículo del licenciado Ortega, no conduce a nada interesante. Pero sin duda, la noche que más disfruté, fue cuando corrimos descalzos por todo el mundo. No sentí cansancio, a pesar de que ningún país y paisaje hermoso escapó de mis ojos. Disfruté el mundo, me lo comí entero, en cosa de cuatro segundos.
Todo esto suena inverosímil al contarlo, pero mientras se experimenta es imposible percatarse de su irrealidad.
Luego de una semana del insomnio más insólito y emocionante de mi vida, anoche ocurrió algo aterrador: no logré contactar a Ángel.
De inicio, la locación pintaba interesante. Me encontré en la azotea de un rascacielos apenas iluminada por la luna menguante. Había un silencio sepulcral que penetraba hasta el último resquicio. Esas condiciones me provocaron la sensación de ser la protagonista de un filme, hasta que vi a Nancy aparecer en el extremo opuesto, mirando asombrada a su alrededor, lo cual me sacó completamente del guión. ¿Qué hacía ahí la novia de Ángel? El impacto me llevó de vuelta a la cama, donde estuve dando vueltas al asunto, y a mi cuerpo, hasta el amanecer.
La mañana de oficina volvió a ser como ocho días antes: gris y flemática. Me preparé un café cargado y abrí mi correo electrónico, el primero era de Ángel. “Nancy también está sufriendo insomnio, hay que tener cuidado”. Salí a la azotea del estudio para respirar las ideas: lo primero y más importante, pensé, es que Nancy no alcanzó a verme. Lo segundo: ella es la directora de recursos humanos en la empresa donde estoy a prueba para el puesto de guionista de series televisivas. Por mi futuro profesional, es preciso que encuentre otra manera de manejar el insomnio. Creo que hoy compraré pastillas para dormir.
Esto me lo dijo Ángel, mi compañero de oficina, una mañana que le conté sobre una pésima noche, en la que no sólo no logré dormir, sino que mis cinco sentidos no lograban hacer otra cosa además de estar en la cama batiendo pensamientos.
Me lo confió como quien revela su bien más preciado: “La próxima vez que te pase eso, piensa en mí, si te concentras lo suficiente y en ese momento yo también estoy batallando para dormir, vamos a tener un encuentro muy especial”.
Las noches subsecuentes ¡Fueron tan emocionantes! Nunca logré distinguir el segundo en que mi mente abandonaba el peso de mi cabeza y mi cuerpo encamados, y se transportaba con Ángel a los escenarios menos pensados, desde un rascacielos abandonado en una ciudad imaginaria, hasta una veloz lancha en el Sena de un París extraño y no menos atractivo.
Otros días fueron tranquilos. Por ejemplo, la cuarta noche de insomnio, nos dedicamos a explorar rincones desconocidos de la empresa en que ambos trabajamos. Así descubrimos qué guarda María en el cajoncito que siempre tiene bajo llave, y que la pequeña puerta atrás del cubículo del licenciado Ortega, no conduce a nada interesante. Pero sin duda, la noche que más disfruté, fue cuando corrimos descalzos por todo el mundo. No sentí cansancio, a pesar de que ningún país y paisaje hermoso escapó de mis ojos. Disfruté el mundo, me lo comí entero, en cosa de cuatro segundos.
Todo esto suena inverosímil al contarlo, pero mientras se experimenta es imposible percatarse de su irrealidad.
Luego de una semana del insomnio más insólito y emocionante de mi vida, anoche ocurrió algo aterrador: no logré contactar a Ángel.
De inicio, la locación pintaba interesante. Me encontré en la azotea de un rascacielos apenas iluminada por la luna menguante. Había un silencio sepulcral que penetraba hasta el último resquicio. Esas condiciones me provocaron la sensación de ser la protagonista de un filme, hasta que vi a Nancy aparecer en el extremo opuesto, mirando asombrada a su alrededor, lo cual me sacó completamente del guión. ¿Qué hacía ahí la novia de Ángel? El impacto me llevó de vuelta a la cama, donde estuve dando vueltas al asunto, y a mi cuerpo, hasta el amanecer.
La mañana de oficina volvió a ser como ocho días antes: gris y flemática. Me preparé un café cargado y abrí mi correo electrónico, el primero era de Ángel. “Nancy también está sufriendo insomnio, hay que tener cuidado”. Salí a la azotea del estudio para respirar las ideas: lo primero y más importante, pensé, es que Nancy no alcanzó a verme. Lo segundo: ella es la directora de recursos humanos en la empresa donde estoy a prueba para el puesto de guionista de series televisivas. Por mi futuro profesional, es preciso que encuentre otra manera de manejar el insomnio. Creo que hoy compraré pastillas para dormir.
20 diciembre 2010
La campanita (nobis peccatoribus)
Una boca que se derrite por primera vez; par de pieles jamás recorridas. Prendas calurosas abandonando cuerpos que arden. Dos, en cama para uno. Minutos antes del mediodía en un sitio inadecuado ¿Amar, bajo cualquier circunstancia, podría acaso ser un error? Durante décadas, sus almas se habían compenetrado, a tal grado, que el acto físico quizá estaba de más: era un mero trámite que dictaba la vida.
A los besos le siguieron los arrumacos y también las preguntas: ¿Lo que estaba sucediendo era pecado venial, sacrilegio o una señal divina? La respuesta, francamente, no le interesaba, pero hacer un autoanálisis de cada acción era inherente a su forma de vida.
Después de la fusión corpórea-espiritual, le vino de súbito el sentido del deber. Se puso la sotana y caminó rumbo a la capilla pensando en lo maravilloso que es el amor. Llegó justo a tiempo para el Angelus. Y a las doce del día, sonó su campanita.
También publicado en:
http://www.culturadoor.com/?p=5443
A los besos le siguieron los arrumacos y también las preguntas: ¿Lo que estaba sucediendo era pecado venial, sacrilegio o una señal divina? La respuesta, francamente, no le interesaba, pero hacer un autoanálisis de cada acción era inherente a su forma de vida.
Después de la fusión corpórea-espiritual, le vino de súbito el sentido del deber. Se puso la sotana y caminó rumbo a la capilla pensando en lo maravilloso que es el amor. Llegó justo a tiempo para el Angelus. Y a las doce del día, sonó su campanita.
También publicado en:
http://www.culturadoor.com/?p=5443
25 octubre 2010
Recámara
Hay noches en que mi recámara
Me espera para que la arrope
Y le cuente historias de humanos,
O uno de esos episodios
En que me enfrento con el sinsentido
O simplemente soy.
Es el espacio entre mis brazos
Muy reducido para abarcar:
Toda la risa de sus cortinas,
El agobio pesado de sus muebles,
Las dudas empotradas en su piso
Y en su techo de tirol.
A veces su peso es tanto y
(Pobrecita no se da cuenta)
me oprime y me invade el pecho
Pero yo la abrazo
Y también a mi hermana
Que viene en el mismo paquete.
He necesitado 25 años
Para percatarme de que mi cuarto
No es el que yo creía
Porque no es mío, no estoy
En sus paredes aburridas
Ni contiene mi olor. (Sí mi cuerpo).
No es mío porque
cuando necesito hacerme ovillo,
no son sus muros un abrazo,
ni un lienzo en el cual pintarme
y vaciar mis dudas.
A veces me estorban sus muros que me acogen amorosos.
Hoy le voy a cortar los hilos
Que la amarran al buró y la cama
Para que vuele y respire
Nuevas cosas, mientras yo la veo
Desde abajo, reposando
En una noche de estrellas.
(ejercicio de minitaller de dos)
Me espera para que la arrope
Y le cuente historias de humanos,
O uno de esos episodios
En que me enfrento con el sinsentido
O simplemente soy.
Es el espacio entre mis brazos
Muy reducido para abarcar:
Toda la risa de sus cortinas,
El agobio pesado de sus muebles,
Las dudas empotradas en su piso
Y en su techo de tirol.
A veces su peso es tanto y
(Pobrecita no se da cuenta)
me oprime y me invade el pecho
Pero yo la abrazo
Y también a mi hermana
Que viene en el mismo paquete.
He necesitado 25 años
Para percatarme de que mi cuarto
No es el que yo creía
Porque no es mío, no estoy
En sus paredes aburridas
Ni contiene mi olor. (Sí mi cuerpo).
No es mío porque
cuando necesito hacerme ovillo,
no son sus muros un abrazo,
ni un lienzo en el cual pintarme
y vaciar mis dudas.
A veces me estorban sus muros que me acogen amorosos.
Hoy le voy a cortar los hilos
Que la amarran al buró y la cama
Para que vuele y respire
Nuevas cosas, mientras yo la veo
Desde abajo, reposando
En una noche de estrellas.
(ejercicio de minitaller de dos)
06 octubre 2010
Mexicanita al agua
1
Nos miran como lo que a simple vista parecemos: Un taiwanés y una iraní haciendo vida en el corazón de Sudamérica. Mientras ellos se aventuran adivinando cómo pudo empezar nuestra historia, yo me divierto explorando este espacio entre Perú y Bolivia.
Tu ímpetu por lo extremo me inspira a retarte a diversas actividades cada día: Nadar alrededor de la isla (desnudos), tirarnos del peñasco más alto (con los ojos cerrados), correr agua adentro (en la oscuridad), perseguir borregos en los caminos que serpentean las casas del pueblo.
Es voraz mi hambre por lo nuevo. Y tú no te quedas atrás. Has logrado un bello jardín de bonsáis andinos. Me gusta lo exacto de tu cuerpo acuclillado atendiendo con precisión oriental cada bracito de tus plantas. En el día participamos en la cosecha de la papa, preparamos el hilo que los lugareños convierten en arte textil, nos divertimos atrapando truchas traviesas, que se nos escurren de las manos, en las aguas del Titicaca. Compartimos con los indígenas en sus fiestas. Bajo nuestros pies descalzos el suelo de madera es un juego de percusiones sin ton ni son. La música sigue el compás de nuestras risas y abrazos. La cima de la montaña más alta nos regala las mejores vistas al atardecer y es el lugar donde renovamos nuestros pulmones. En las noches hacemos fogata, te comparto mis relatos y tú algunas teorías sobre la influencia de los astros en el destino. Cualquier rastro de intolerancia se quema ahí. Del ritual para dos la Pachamama es el único testigo.
2
La atención de la americana abandona el folleto sobre los incas y se instala en la conversación del argentino y la mexicana. La lancha va dejando atrás el sonsonete del guía turístico y las coloridas faldas de las mujeres que saludan desde la isla de los Uros.
El ritmo de los diálogos contrasta con la calma del lago Titicaca.
-¡Mande, mande, mande! ¿Por qué para todo usan el mande?-
-¡Dios! ¡Pero qué molesto eres argentino!-
-A ver, repite: “yo como yogur”-
-“Yo como yogur”-
-¡Viste! Todas apretadas las mandíbulas, se escucha malísimo, mexicanita-
-Pero escúchate tú. Estás diciendo “Cho-como-chogur”. ¡Tú eres el que lo está diciendo mal!-
Y ambos ríen. El chico le desabrocha los tenis, la mira, dispara frases que ella esquiva mirando los paisajes y preguntando al capitán detalles sobre su experiencia en la navegación que, francamente, no le interesan.
-Y ¿cómo se llama el pueblo que voy a visitar en verano?
-Hermosillo.
-¿Hermosillo?
-Her-mo-si-llo, no Hermosicho. Si pides un boleto a “Hermosicho” seguro te vas a perder eh.
-¿Tienen playa?
-Sí, tenemos “plachas” preciosas, no hay olas para surfear, pero te apuesto que nunca has hecho sandboarding, ¿verdad?
Ella sonríe. La americana disfruta toda la evolución de la escena, desde los primeros acercamientos accidentados hasta el rubor que ya empieza a ceder en la cara de la mexicana. El barco, en su interior, es un cálido encuentro intercultural; en la inmensidad del lago: un puntito blanco que se pierde.
3
El cielo es turquesa, a veces dorado y, otras, malvavisco metalizado. Cada tarde me preparo para ver un distinto color. Mientras contemplo el de hoy se me llena el pecho de risas, y el estómago, al recordar la manera en que llegué aquí. ¡Tus rasgos ya me son tan familiares! Últimamente, me entretengo enseñando yoga a los niños de los nativos. Tu jardín de bonsáis tiene una belleza hechizante. Les has compartido tus mejores técnicas a algunos hombres, y hay señoras que ofertan bellos ejemplares en sus tenderetes: los acomodan entre los chullos y las estolas multicolores que reciben a los turistas al desembarcar.
4
La plaza del pueblo en Amantaní se alza en lo más alto de la isla. Los turistas caminan entre puestos de artesanías y niños que piden un sol a cambio de dejarse fotografiar. Los rayos de Sol traspasan con suavidad la brisa. En la quietud, los visitantes tropiezan ocasionalmente con los borreguitos y las viscisitudes del idioma. El lago se cree mar. Todo queda capturado en la cámara de la americana: Las nubes guardando al sol, una familia mirando al horizonte, el vestido de la indígena que observa a los visitantes desde el arco de entrada del pueblo, la arquitectura mágica del centro artesanal, los niños jugando futbol con un alemán, la confianza creciente entre el argentino y la mexicana. Comienza a llover. Los turistas caminan fila abajo hasta el muelle. Al acurrucarse en su asiento, la americana se percata de que el barco regresa con dos lugares vacíos.
5
Desde la ventana de Nely, observo la embarcación turística recién llegada y los recuerdos que trae con ella. Qué fascinante me supo aquel día la historia que me contaste sobre tus padres llegando desde Taiwán a Buenos Aires, sin nada de español. De sus tropezados comienzos resultaron el mejor negocio de bonsáis de Argentina, y tú: un porteño con fisonomía asiática. En tono de broma te dije que yo descendía de un prestigiado linaje musulmán, pero mi “mande” me delató. Me hiciste burla de las palabras que usamos los mexicanos, y yo critiqué tu forma de pronunciar la “y” y “ll”. Entre otras cosas, presumiste que tenías todo para convertirte en el mejor bonsaista de Argentina, ¡Qué de Argentina; de toda América!
También me contaste sobre un primo, nacido en Taiwán, criado en Argentina y ahora explorador del desierto chileno. Me mostraste su foto como un tesoro. Y tal cual te la guardaste al ver que yo me la comía con los ojos.
¡Mexicanita al agua!, con esa frase y un pequeño empujón me sorprendiste en el muelle de Amantaní, a lo que respondí sujetándome de tus brazos flacos, que ya me empezaban a parecer amigos. Caminabas a la par mío mientras recorría la plaza del pueblo, veía las artesanías y degustaba platillos típicos en casa de los lugareños. En el transcurso te reté a ocurrencias que aceptaste sin pensar. Una de ellas fue el quedarnos a vivir en la isla. Y así empezó lo que hoy termina.
Antes de subirme al bote, agradezco a Nely un último plato de sopa de quinua, es un sabor que quiero llevar conmigo. La lancha se siente mejor que hace un año, le han reparado las goteras, el guía y el chofer son otros. No sé si alguien note mi presencia y la ausencia de la americana. El trueque entre ella y yo fue silencioso, suplicado por su mirada de curiosidad, asentido por mi necesidad de cambio, pactado por tu silencio cómplice. Sobre mis piernas llevo un pequeño bonsái, el último que elaboraste para mí ¿Crees que resista una visita al desierto?
Publicado en:
http://www.culturadoor.com/?p=3975
Nos miran como lo que a simple vista parecemos: Un taiwanés y una iraní haciendo vida en el corazón de Sudamérica. Mientras ellos se aventuran adivinando cómo pudo empezar nuestra historia, yo me divierto explorando este espacio entre Perú y Bolivia.
Tu ímpetu por lo extremo me inspira a retarte a diversas actividades cada día: Nadar alrededor de la isla (desnudos), tirarnos del peñasco más alto (con los ojos cerrados), correr agua adentro (en la oscuridad), perseguir borregos en los caminos que serpentean las casas del pueblo.
Es voraz mi hambre por lo nuevo. Y tú no te quedas atrás. Has logrado un bello jardín de bonsáis andinos. Me gusta lo exacto de tu cuerpo acuclillado atendiendo con precisión oriental cada bracito de tus plantas. En el día participamos en la cosecha de la papa, preparamos el hilo que los lugareños convierten en arte textil, nos divertimos atrapando truchas traviesas, que se nos escurren de las manos, en las aguas del Titicaca. Compartimos con los indígenas en sus fiestas. Bajo nuestros pies descalzos el suelo de madera es un juego de percusiones sin ton ni son. La música sigue el compás de nuestras risas y abrazos. La cima de la montaña más alta nos regala las mejores vistas al atardecer y es el lugar donde renovamos nuestros pulmones. En las noches hacemos fogata, te comparto mis relatos y tú algunas teorías sobre la influencia de los astros en el destino. Cualquier rastro de intolerancia se quema ahí. Del ritual para dos la Pachamama es el único testigo.
2
La atención de la americana abandona el folleto sobre los incas y se instala en la conversación del argentino y la mexicana. La lancha va dejando atrás el sonsonete del guía turístico y las coloridas faldas de las mujeres que saludan desde la isla de los Uros.
El ritmo de los diálogos contrasta con la calma del lago Titicaca.
-¡Mande, mande, mande! ¿Por qué para todo usan el mande?-
-¡Dios! ¡Pero qué molesto eres argentino!-
-A ver, repite: “yo como yogur”-
-“Yo como yogur”-
-¡Viste! Todas apretadas las mandíbulas, se escucha malísimo, mexicanita-
-Pero escúchate tú. Estás diciendo “Cho-como-chogur”. ¡Tú eres el que lo está diciendo mal!-
Y ambos ríen. El chico le desabrocha los tenis, la mira, dispara frases que ella esquiva mirando los paisajes y preguntando al capitán detalles sobre su experiencia en la navegación que, francamente, no le interesan.
-Y ¿cómo se llama el pueblo que voy a visitar en verano?
-Hermosillo.
-¿Hermosillo?
-Her-mo-si-llo, no Hermosicho. Si pides un boleto a “Hermosicho” seguro te vas a perder eh.
-¿Tienen playa?
-Sí, tenemos “plachas” preciosas, no hay olas para surfear, pero te apuesto que nunca has hecho sandboarding, ¿verdad?
Ella sonríe. La americana disfruta toda la evolución de la escena, desde los primeros acercamientos accidentados hasta el rubor que ya empieza a ceder en la cara de la mexicana. El barco, en su interior, es un cálido encuentro intercultural; en la inmensidad del lago: un puntito blanco que se pierde.
3
El cielo es turquesa, a veces dorado y, otras, malvavisco metalizado. Cada tarde me preparo para ver un distinto color. Mientras contemplo el de hoy se me llena el pecho de risas, y el estómago, al recordar la manera en que llegué aquí. ¡Tus rasgos ya me son tan familiares! Últimamente, me entretengo enseñando yoga a los niños de los nativos. Tu jardín de bonsáis tiene una belleza hechizante. Les has compartido tus mejores técnicas a algunos hombres, y hay señoras que ofertan bellos ejemplares en sus tenderetes: los acomodan entre los chullos y las estolas multicolores que reciben a los turistas al desembarcar.
4
La plaza del pueblo en Amantaní se alza en lo más alto de la isla. Los turistas caminan entre puestos de artesanías y niños que piden un sol a cambio de dejarse fotografiar. Los rayos de Sol traspasan con suavidad la brisa. En la quietud, los visitantes tropiezan ocasionalmente con los borreguitos y las viscisitudes del idioma. El lago se cree mar. Todo queda capturado en la cámara de la americana: Las nubes guardando al sol, una familia mirando al horizonte, el vestido de la indígena que observa a los visitantes desde el arco de entrada del pueblo, la arquitectura mágica del centro artesanal, los niños jugando futbol con un alemán, la confianza creciente entre el argentino y la mexicana. Comienza a llover. Los turistas caminan fila abajo hasta el muelle. Al acurrucarse en su asiento, la americana se percata de que el barco regresa con dos lugares vacíos.
5
Desde la ventana de Nely, observo la embarcación turística recién llegada y los recuerdos que trae con ella. Qué fascinante me supo aquel día la historia que me contaste sobre tus padres llegando desde Taiwán a Buenos Aires, sin nada de español. De sus tropezados comienzos resultaron el mejor negocio de bonsáis de Argentina, y tú: un porteño con fisonomía asiática. En tono de broma te dije que yo descendía de un prestigiado linaje musulmán, pero mi “mande” me delató. Me hiciste burla de las palabras que usamos los mexicanos, y yo critiqué tu forma de pronunciar la “y” y “ll”. Entre otras cosas, presumiste que tenías todo para convertirte en el mejor bonsaista de Argentina, ¡Qué de Argentina; de toda América!
También me contaste sobre un primo, nacido en Taiwán, criado en Argentina y ahora explorador del desierto chileno. Me mostraste su foto como un tesoro. Y tal cual te la guardaste al ver que yo me la comía con los ojos.
¡Mexicanita al agua!, con esa frase y un pequeño empujón me sorprendiste en el muelle de Amantaní, a lo que respondí sujetándome de tus brazos flacos, que ya me empezaban a parecer amigos. Caminabas a la par mío mientras recorría la plaza del pueblo, veía las artesanías y degustaba platillos típicos en casa de los lugareños. En el transcurso te reté a ocurrencias que aceptaste sin pensar. Una de ellas fue el quedarnos a vivir en la isla. Y así empezó lo que hoy termina.
Antes de subirme al bote, agradezco a Nely un último plato de sopa de quinua, es un sabor que quiero llevar conmigo. La lancha se siente mejor que hace un año, le han reparado las goteras, el guía y el chofer son otros. No sé si alguien note mi presencia y la ausencia de la americana. El trueque entre ella y yo fue silencioso, suplicado por su mirada de curiosidad, asentido por mi necesidad de cambio, pactado por tu silencio cómplice. Sobre mis piernas llevo un pequeño bonsái, el último que elaboraste para mí ¿Crees que resista una visita al desierto?
Publicado en:
http://www.culturadoor.com/?p=3975
31 julio 2010
Qué más da
Qué más da si sol y sudor,
si agua o soquete,
nada satisface a la ciudad
que llora porque seca
que se ahoga cuando lluvia.
Sus lagrimales le arden de llorar
en seco y cuando llueve
se ahoga en calles colapsadas.
Aunque detesto a los llorones
y los cobardes me repelen
cuando muera quiero mi cuerpo
aquí donde hasta el perro suda
este lugar donde el calor detiene
y también la lluvia
donde no hay conformes
sino conformistas
porque tengo clavada la idea
de que el temple de su gente
no es más que un reflejo
de esta suerte de paradoja
climática.
si agua o soquete,
nada satisface a la ciudad
que llora porque seca
que se ahoga cuando lluvia.
Sus lagrimales le arden de llorar
en seco y cuando llueve
se ahoga en calles colapsadas.
Aunque detesto a los llorones
y los cobardes me repelen
cuando muera quiero mi cuerpo
aquí donde hasta el perro suda
este lugar donde el calor detiene
y también la lluvia
donde no hay conformes
sino conformistas
porque tengo clavada la idea
de que el temple de su gente
no es más que un reflejo
de esta suerte de paradoja
climática.
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