Eternamente
Habían pasado ya unos cuantos meses y entonces sucedió. La piel no le estorbó más y el cabello, contrario a la creencia, no le siguió creciendo. Entonces el que era su marido pensó que sería prudente ir al lugar donde ella estaba, más que nada por curiosidad, pero sobre todo, para cumplir con el rito social.
Aunque hubiera podido verla, ya era demasiado tarde. Apenas se deshizo de la carne que en vida fue su cuerpo, apenas quedaron sus puros huesitos, la protagonista de este cuento saltó de su última morada, al ataúd del único hombre que en verdad quiso en su vida. Y al fin, abrazada en los brazos huesudos de su amado, rodeados de peste y cubiertos por la luna, pudo descansar eternamente.